La pierna cargada sobre el hombro y desde ahí el tironeo para que el tobillo se dejara llevar por la mano hasta que el empeine se trabara en la nuca. Como los bichos-bolita cuando quedan patas para arriba y parecen tener convulsiones, incapaces de estirarse o enroscarse de una vez por todas, una costra-persiana que se articula: se abre y se cierra, se abre y se cierra. Así nos veíamos nosotros. Sentados y acostados, nos revolcábamos en el pasto y gemíamos intentando ser una bolita que tuviese su espalda contra el suelo y las dos piernas cruzadas detrás de la cabeza. Ser el pimero en lograrlo era el catalizador directo a su predilección. Que me salga a mí, que me prefiera a mí. La piel se iba llenando de escamas de transpiración, era febrero, la estación de sol más seco. Un febrero que resquebrajaba y una contorsión inhumana o sólo digna de circenses rusas, humedecían los pentágonos de perímetros blancos que la sequedad dibujaba sobre la piel. Nos reíamos y quejábamos incómodos, pero seguíamos intentándolo, agotándonos un poco de los jejenes y de hacer el ridículo. A los diez años competir y claro está, triunfar, habilitan morderse el labio inferior y decir “qué hambre…”, con la misma robustez con la que se camina. Sos tosco, pero ¿por qué?, porque sos Grande. A mi me gustaba usar ropa negra, toda negra y achinar los ojos cuando escuchaba "Algo mejor" de la Cantilo en el walk-man. Me había comprado el cassette con mi plata y Fabi aparecía en la tapa sinuosamente apoyada en una columna; labios bermellón y vestidito tornasol de lentejuelas. Evidentemente yo ya era muy grande. Y era brutalmente inestable, pero dócil al movimiento. Mi cuerpo había cedido, fui el primer bicho-bolita. Le gané a la machona de Costi, a las hermanas Hoffman y a Lisandro, el goleador. Se acercaron a verme, poco podía moverme yo, sólo agitaba los bazos e intentaba recuperar mi cuello, que había quedado perdido entre los dedos de los pies. Las piernas me envolvían el cuerpo y yo hubiese podido envolver a quien se recostara sobre mi torso. Bueno… a quien. “¡Una cunita!” festejó Fer Hoffmann y haciendo presión sobre mis isquiones, me meció. Nos reímos.
Willy no. Tampoco dijo algo. Él miraba, me miraba en silencio desde el cielo. Anudada y al ras del suelo, se me hacía aún más alto, más blanco, mas frentón y más pelado. Tenía pelo, era oscuro y lacio, pero poquito y traslucía su cuero cabelludo blanquísimo. Cejas tupidas y una barba bacheada completaban el mapa capilar de algo parecido a un gato de plaza. Sus ojos eran dos líneas de las que se prolongaban unas buenas pestañas, que contrarrestaban, aunque mas no sea por ilusión óptica, su tamaño chiquitito. Recuerdo su mirada tranquila y húmeda, de ojos con sueño. Nunca se le veían los dientes cuando sonreía. Nunca le vi la panza tampoco, no se metía al río con nosotros, aparecía cuando el sol ya no picaba sobre los hombros, cuando la gente se iba del club y nuestros papás aprovechaban para volver a las canchas de tenis. Era una buena hora. En los juegos ya no quedaban chicos y no teníamos que pelear por las hamacas ni esperar turno en el subibaja. Los cangrejos salían entre las piedras y nadaban para atrás, ahora que los bañistas estaban en retirada y nosotros tras su cacería. Y de tanto en tanto, en el río, lo más lindo: un rise. Cuando las sombras de los álamos se volvían más largas, Willy aparecía. Aquella fue la primera tarde. No recuerdo cómo llegamos a esa parte del club a la que nunca íbamos, pero ahí nos veo sentados un poco en ronda un poco por doquier. Estoy segura que Costi le habló primero, ella tenía doce y siempre hablaba con chicos, pero no podía controlar su femineidad, siempre terminaba atajando en “El 25”. Willy no podía ser un chico... es que para mi no existían “los chicos”, sólo mi papá, mi hermanito, los señores y los varones. Nosotras éramos cuatro y también estaba Lisandro, él, un varón de once años y aún inofensivo (pero increíblemente hormonal al verano siguiente). Yo tenía diez y lo único desarrollado en mi cuerpo era mi pelo, los rulos, como tirabuzones de plastilina, no dejaban de crecer desordenadamente; 3 años más tarde, en el baño del club una chica me acorralaría diciéndome “¡vos nenita, dejá de hacerte la stripper, siempre en maya y con esos pelos!”. A mi me gustaba hacer medialunas, sabía hacerlas con una mano mientras con la otra sostenía un torpedo de frutilla, caminaba como araña formando un puente con mi espalda y hacía la vertical en el agua. A todo esto empezamos a jugar con Willy. Él sabía hacer el rondó fiflá y ese nudo corporal que nos enseñó. Y así terminé yo, con una bikini de moñitos a los costados, hecha un monigote de pelos y piernas contra la nuca y mi cola en su mayor extensión. Nos reíamos, Willy no, sólo me miró en silencio. Ese día empezamos a ser amigos. Mi primer amigo grande… Willy Willy Willy… como la ballena, y esa canción... hold me/ lara la laaara/ love me and free me/ lara la laaa.